Procrastinar se ha convertido en el enemigo público número uno de la productividad.
Todos hemos escuchado frases como: “deja de posponer”, “organízate mejor” o “si quisieras, lo harías”.
Pero… ¿y si procrastinar no fuera el verdadero problema?
¿Y si solo fuera el síntoma de algo más profundo?
Procrastinar no es pereza
Una de las creencias más extendidas es que quien procrastina es vago.
Pero la realidad psicológica es muy distinta.
Muchas veces procrastinamos cuando:
- Tenemos miedo a no estar a la altura
- Sentimos que la tarea es demasiado grande
- Nos bloquea el perfeccionismo
- No sabemos por dónde empezar
- Estamos mentalmente saturados
Es decir: no es falta de ganas, es exceso de carga emocional o mental.
El cerebro intenta protegerte
Cuando una tarea nos genera estrés, inseguridad o presión, el cerebro activa mecanismos de evitación.
No porque seas irresponsable, sino porque intenta protegerte del malestar.
Por eso, en vez de hacer esa tarea importante, terminas:
- Ordenando cosas poco urgentes
- Mirando el móvil “5 minutos”
- Haciendo tareas menores
- Esperando el “momento perfecto”
La procrastinación es, en el fondo, regulación emocional.
La trampa del perfeccionismo
Muchas personas procrastinan no por dejadez, sino por autoexigencia extrema.
Pensamientos habituales:
- “Tengo que hacerlo perfecto”
- “Si no lo hago bien, mejor no hacerlo”
- “Necesito más tiempo para hacerlo como toca”
El resultado: no se hace.
Porque el nivel de exigencia paraliza.
El otro extremo: los que no paran nunca
Curiosamente, el opuesto del procrastinador tampoco siempre es saludable.
Hay personas que:
- Llenan su agenda al máximo
- No toleran parar
- Necesitan sentirse productivas constantemente
- Evitan el silencio o el descanso
Aquí tampoco hay equilibrio.
Solo otra forma de evitación: hacer para no sentir.
Entonces…¿cuál es el verdadero problema?
No es la procrastinación.
El problema suele estar en:
- La relación con el error
- La autoexigencia
- La gestión emocional
- El miedo al juicio
- El cansancio mental acumulado
Cuando esto se trabaja, la conducta cambia sola.
¿Qué ayuda realmente?
Más que “forzarte”, ayuda:
- Hacer las tareas más pequeñas
- Bajar la exigencia inicial
- Poner límites al cansancio
- Entender qué estás evitando
- Trabajar el diálogo interno
Porque cuando baja la presión interna, aparece la acción.
Quizá no eres vago/a.
Quizá estás saturado/a.
Quizá tienes miedo.
Quizá solo necesitas otra forma de empezar.
Y eso — por suerte — se puede trabajar.
Y si sientes que procrastinar se está convirtiendo en un bucle del que te cuesta salir… no tienes que trabajarlo solo/a.
En Cal Fregues contamos con psicólogas clínicas que pueden ayudarte a encontrar la causa real que hay detrás de esa evitación y entrenar tu mente para descubrir otra forma de hacer — más saludable, más sostenible y más amable contigo.
Porque no se trata de hacer más.
Se trata de entender qué te pasa… y aprender a gestionarlo mejor.
Edna Rius, psicóloga clínica, colegiada número 24.379